Tengo una idea revolucionaria para ofrecer una experiencia hotelera excepcional con equipos reducidos y operaciones eficientes: dejemos de formar a la gente. Mejor aún, eliminemos por completo la educación. Primaria, secundaria, universidad… cerremos todo. Sentemos a los empleados frente a una pantalla con una buena conexión a internet y esperemos que el conocimiento aparezca por arte de magia.
A juzgar por cómo ha evolucionado la humanidad hasta ahora, la idea es tan absurda como peligrosa. En un mundo razonable, ni siquiera debería considerarse una opción.
Lo más sorprendente es que este tipo de argumentos suelen venir de personas que, al menos en teoría, han recibido formación y que incluso tienen la responsabilidad profesional de formar a otros. Si esta es la sabiduría que se está difundiendo, quizá sea momento de replantearse quién está impartiendo las lecciones.
Estoy cansado de escuchar a personas con una comprensión superficial de la complejidad empresarial afirmar que la tecnología hotelera es tan sencilla que no requiere aprendizaje. El discurso siempre es el mismo: ¿para qué invertir en formación si las herramientas son intuitivas?
Es una fantasía cómoda, pero profundamente ingenua.
Normalmente la defienden quienes nunca han tenido que implantar sistemas globales, gestionar procesos complejos o enfrentarse a la realidad operativa de una gran organización.
La ósmosis sirve para mover agua a través de una membrana. No sirve para desarrollar competencias profesionales.
La educación no consiste únicamente en memorizar información. Consiste en aprender a resolver problemas, comprender causas, identificar consecuencias y entender el porqué detrás de cada proceso.
Sin esa base, no eres un experto.
Simplemente eres alguien repitiendo lo último que vio en una red social.
Y si queremos hablar de resultados, los datos son bastante claros. Los programas de formación bien diseñados generan retornos de inversión que oscilan entre el 91 % y el 400 %.
No estamos hablando de una mejora marginal.
Estamos hablando de la diferencia entre una empresa sólida y rentable y una organización que vive permanentemente apagando incendios.
Cuando dejamos de enseñar, dejamos de evolucionar.
Terminamos creando equipos capaces de seguir instrucciones, pero incapaces de resolver problemas.
Y eso significa cambiar una oportunidad de crecimiento real por una aparente simplicidad que tarde o temprano acaba derrumbándose bajo el peso de su propia ignorancia.
Ya es hora de dejar de fingir que la intuición puede sustituir al conocimiento.
La vida es cada vez más tecnológica.
Pero la inteligencia sigue siendo algo que no se descarga con un clic.
Mark Fancourt