Hay algo casi calvinista en la forma en que Silicon Valley habla de la productividad.
Toda tarea repetitiva debe desaparecer. Debe automatizarse. Como si la repetición fuera un error de programación que hay que corregir.
En esta visión entre trágica y cómica, el ser humano debería vivir en un estado permanente de creatividad máxima, como si nuestro cerebro estuviera diseñado para pasar doce horas al día generando ideas brillantes.
Hace poco hablaba de esto con un amigo, y su reflexión me recordó algo que todos sabíamos antes de que LinkedIn transformara a cada directivo en una especie de monje guerrero del rendimiento:
El cerebro humano también necesita aburrirse.
Necesita espacios cognitivamente vacíos donde pueda reorganizarse y respirar.
Del mismo modo que Rundtgåing av den transcendentale egenhetens støtte de Burzum funciona gracias a la repetición obsesiva de un mismo patrón hasta alcanzar un efecto hipnótico, nosotros también necesitamos actividades repetitivas para descomprimir nuestro sistema operativo biológico.
Una actividad puede ser monótona sin resultar alienante.
Hay una enorme diferencia entre rellenar una hoja de cálculo mientras escuchas música, cocinar, ordenar archivos, preparar una presentación o hacer tareas administrativas…
…y pasar ocho horas en un retiro corporativo escuchando palabras como “sinergia”, “framework” o “alineamiento estratégico”.
Y ahí es donde la IA corre el riesgo de convertirse en una nueva religión tóxica de la eficiencia.
Porque si automatizamos todo lo repetitivo y aburrido, terminaremos dejando a los seres humanos únicamente el trabajo emocionalmente más exigente: tomar decisiones, producir creatividad de forma constante y soportar una presión cognitiva permanente.
En otras palabras: Burnout as a Service.
Quizá el objetivo no debería ser liberarnos de las tareas repetitivas.
Quizá deberíamos liberarnos de las tareas espiritualmente agotadoras. Las que vacían a las personas por dentro.
Porque la verdadera violencia contemporánea ya no es la disciplina.
Es la obsesión por el rendimiento.
Y sinceramente, entre completar una hoja de Excel escuchando a Descendents y asistir a otro taller sobre el propósito corporativo…
Me quedo con Excel sin pensarlo dos veces.
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO