Hace unos días me encontré con otra de esas tendencias de internet con cierto aroma a foros incel: chicos golpeándose la mandíbula con martillos con la esperanza de resultar más atractivos.
Lo llaman looksmaxxing, una palabra que parece salida de un foro frecuentado por una mezcla de Patrick Bateman y criptobros con demasiado tiempo libre.
La idea es sencilla: provocar microfracturas en la mandíbula para conseguir una línea facial más “alpha”.
Más allá del inevitable “¿pero qué demonios está pasando aquí?”, no puedo evitar pensar que es la metáfora perfecta de la IA empresarial en 2026: una gigantesca práctica de autolesión colectiva presentada como optimización.
Tomemos el caso de Uber.
La empresa habría consumido en apenas cuatro meses el presupuesto anual destinado a herramientas como Claude Code y Cursor. Y su COO, Andrew Macdonald, tuvo la valentía de decir públicamente algo que en Silicon Valley equivale poco menos que a una herejía:
“No consigo relacionar el consumo de IA con funcionalidades reales para los usuarios.”
Traducido al español corriente:
Estamos gastando cantidades industriales de tokens y no tenemos ni idea de por qué.
Lo más grotesco es que esta obsesión ya tiene nombre: tokenmaxxing.
Y describe perfectamente el momento actual.
El consumo se convierte en el KPI.
Ya no importa el resultado.
Lo importante es poder decir a los inversores que el 95 % de los desarrolladores utiliza IA a diario, que el 70 % del código ha sido generado por IA, que el consumo de tokens crece, que la adopción crece, que los dashboards rebosan métricas tranquilizadoras y que, de paso, se puede despedir a otros cien programadores.
Mientras tanto, como usuario, sigo abriendo aplicaciones que parecen diseñadas por alguien empeñado en complicar lo que antes funcionaba perfectamente.
Cada semana aparece una nueva función innecesaria.
Cada mes llega un rediseño que empeora algo que ya estaba bien.
Según investigaciones del Massachusetts Institute of Technology, cerca del 95 % de los proyectos de IA generativa no generan retorno de inversión.
Noventa y cinco por ciento.
En cualquier otro sector, una cifra así provocaría investigaciones, dimisiones y probablemente algún exorcismo colectivo.
En tecnología, lo llaman innovación disruptiva.
Y quizá la mejor comparación ya no sea el looksmaxxing.
Quizá sea Tafazzi.
Porque mientras algunos se golpean la mandíbula para intentar ser más atractivos, en Silicon Valley parece que hay empresas enteras empeñadas en golpearse repetidamente donde más duele.
po-po-po-poropo
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO