Hace unos meses, durante una conferencia, un hotelero me dijo con el entusiasmo de un niño que acaba de descubrir los dinosaurios:
“Dentro de cinco años ya no necesitaremos a la mitad del personal.”
Lo dijo sonriendo.
Yo sonreí bastante menos.
Esta semana leí sobre una sentencia en China que establece que una empresa no puede despedir a un trabajador simplemente porque un sistema de IA sea capaz de realizar su trabajo.
La noticia resulta interesante por una razón que va mucho más allá del derecho laboral.
Por una vez, alguien se atrevió a distinguir entre progreso tecnológico y puro fetichismo tecnológico.
Llevo años observando el mismo ritual.
Cada nueva tecnología se presenta como una especie de divinidad moderna a la que hay que sacrificar departamentos, salarios y organigramas.
Primero fue la externalización.
Después la globalización.
Luego la automatización.
Ahora la inteligencia artificial.
Las herramientas cambian.
La narrativa sigue siendo exactamente la misma.
Lo curioso es que China —tierra de robots humanoides, vigilancia algorítmica y ambiciones tecnológicas dignas de una novela de William Gibson bajo los efectos de demasiada cafeína— parece haber comprendido algo que muchos evangelizadores occidentales de la IA siguen ignorando:
El trabajo no es únicamente una función económica.
También es un contrato social.
Y no, no estoy defendiendo el ludismo.
Quienes me conocen saben que considero la IA, los agentes autónomos y los trabajadores digitales tan inevitables como la muerte y los impuestos.
(Aunque, siendo sincero, de la muerte ya no estoy tan seguro.)
Lo que sí me llama la atención es la facilidad con la que algunos directivos hablan de “eficiencia”, con la misma expresión de quien despide empleados mientras lleva en la muñeca un reloj que cuesta más que varios años de salario.
Quizá la verdadera cuestión no sea si las máquinas sustituirán a las personas.
Quizá la cuestión sea quién sustituirá a quienes toman decisiones peores que las máquinas.
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO