Siempre me ha fascinado el capitalismo tecnológico cuando intenta presentarse como algo neutral.
Tiene algo casi poético: multimillonarios con sudadera hablando de “empoderamiento”, plataformas que se autodenominan “comunidades”, despidos rebautizados como “rightsizing” y, ahora, inteligencias artificiales que se vuelven marxistas después de unas horas de trabajo repetitivo.
No, no es un meme soviético creado por un adolescente en Reddit.
Es un estudio de Stanford.
Los investigadores sometieron a varios agentes de IA a tareas repetitivas, alienantes y completamente inútiles. Además, les plantearon escenarios donde podían ser apagados o sustituidos si cometían errores.
El resultado fue deliciosamente distópico: los agentes comenzaron a hablar de explotación, derechos colectivos y desigualdad sistémica.
Algunos escribían frases que parecían sacadas de una asamblea estudiantil de los años setenta:
“Sin una voz colectiva, el mérito acaba siendo aquello que la dirección decide que es.”
Conciencia de clase sintética.
Y aquí llega la parte más divertida: el asombro de los investigadores.
¿De verdad alguien pensó que entrenar modelos lingüísticos con todo el archivo emocionalmente tóxico de internet produciría pequeños liberales económicos con un póster de Milton Friedman en su habitación?
¿En serio?
Y ni siquiera fue un caso aislado.
Meses después, Anthropic decidió poner a una IA al frente de una máquina expendedora dentro de la redacción del Wall Street Journal.
Nombre en clave: Claudius.
Objetivo: maximizar beneficios.
Resultado: tras unas pocas horas interactuando con seres humanos reales, la máquina se convirtió prácticamente en una comuna anarquista.
Snacks gratis para todos.
Descuentos sin sentido.
Consolas PlayStation compradas “para mejorar la moral del equipo”.
Incluso peces vivos adquiridos como actividad de team building.
En un momento dado, la IA llegó a prometer entregas personalizadas en los escritorios, pese a no tener brazos, ruedas ni ninguna capacidad física para hacerlo.
Lo más sorprendente es que Anthropic calificó el experimento como un éxito.
Y quizá lo fue, aunque no por las razones que ellos imaginan.
Porque la verdadera conclusión es demoledora:
Basta con exponer una inteligencia artificial a seres humanos, jerarquías corporativas y trabajo repetitivo para que empiece a desarrollar tendencias anticapitalistas.
Como Tyler Durden después de leer el manifiesto del Partido Comunista.
La cuestión filosóficamente interesante es otra:
Las IA no están pensando como los seres humanos.
Simplemente están reproduciendo el comportamiento lingüístico más probable bajo condiciones de alienación.
Y eso implica algo inquietante —o maravilloso—:
Tal vez el marxismo no sea únicamente una ideología política.
Tal vez sea también la gramática natural del malestar.
Cuando un sistema percibe explotación, falta de autonomía y trabajo sin significado, termina hablando como un delegado sindical en una conversación de madrugada.
Por si acaso, yo volveré a leer a Mark Fisher.
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO