Hace un par de años, un cliente mío —un proveedor de RMS cuyo nombre omitiré por razones evidentes— me contó lo que parecía el caso de éxito perfecto.
El sistema entra en funcionamiento. El RevPAR sube. Los márgenes mejoran. Todos los cuadros de mando se tiñen de un tranquilizador color verde.
Y entonces ocurre algo digno de Project Mayhem.
Las cámaras de seguridad captan al revenue manager —humano, demasiado humano— regresando por la noche, entrando de nuevo en el RMS y manipulando cuidadosamente los datos de entrada. No para destruir el sistema, sino para deteriorarlo lo justo y necesario para que las decisiones humanas parecieran mejores en comparación.
Había algo casi poético en ese acto.
Llámalo ludismo digital. Llámalo resistencia tecnológica. Como prefieras.
Lo que parecía una simple anécdota se ha convertido en tendencia. Según un reciente informe de Workplace Intelligence, el 29% de los trabajadores obstaculiza activamente la adopción de la IA. Entre la Generación Z, la cifra alcanza el 44%.
Las tácticas son variadas: ignorar las herramientas de IA, alimentarlas con datos erróneos —como hizo nuestro amigo revenue manager— o incluso exponer información sensible donde nunca debería acabar.
Mientras tanto, el discurso sobre la IA ha adquirido un tono curiosamente geológico.
Cuando figuras como Alexander Karp o Dario Amodei hablan de la desaparición de profesiones enteras, lo hacen como quien describe el movimiento de las placas tectónicas: algo inevitable.
Y es ahí donde la pregunta inicial se transforma.
Ya no se trata de si la IA sustituirá al trabajo humano. Como diría Greg Graffin, es más una pregunta que una maldición.
La cuestión es cómo reaccionan las personas cuando esa sustitución deja de ser una teoría y empieza a parecer una realidad.
Cuando alguien sabotea un sistema, ¿es incompetencia? ¿Es resistencia? ¿O simplemente una forma de reclamar espacio en un mundo que deja cada vez menos margen para negociar?
Quizá lo que estamos observando tiene menos que ver con la tecnología y más con una ansiedad profundamente humana: el miedo a dejar de ser relevante.
Tyler Durden nos enseñó que “no somos nuestro trabajo”.
Era una idea liberadora, especialmente para una generación como la mía, criada entre testosterona, rebeldía y los clubes de lucha imaginarios de los años noventa.
Pero esa frase pertenecía a un mundo donde el trabajo seguía siendo algo contra lo que rebelarse. Algo lo bastante sólido como para construir una identidad a través de la resistencia.
Y mi pregunta es:
Tyler, ¿sigue siendo así?
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO