Cada vez estoy más convencido de que estamos construyendo un ecosistema perfecto para usuarios que no existen.
Una especie de plaza pública digital donde todo el mundo habla de integraciones, conectores y aplicaciones dentro de ChatGPT o Claude como si el huésped medio fuera una mezcla entre desarrollador full stack y usuario experto con tiempo de sobra.
La realidad es mucho más simple.
La mayoría solo quiere reservar una habitación.
No quiere preguntarse qué demonios es Viator, por qué debería conectar Tripadvisor o SynXis con un asistente conversacional ni, sobre todo, qué motivo tendría para confiar en todo eso antes siquiera de haber elegido un destino.
Creo que seguimos diseñando experiencias partiendo de una premisa equivocada: que el valor está en la infraestructura.
Y nunca ha sido así.
El valor siempre ha estado en el reconocimiento de marca.
Sin una marca reconocible, todo este castillo de APIs, conectores y microservicios se convierte en un ejercicio de estilo. Algo parecido a citar a Deleuze en un aperitivo esperando ligar.
(Spoiler: casi nunca funciona.)
El cortocircuito está precisamente ahí.
Para conectar algo, primero tengo que saber qué estoy conectando.
Y eso exige un nivel de conocimiento que simplemente no existe.
¿Qué viajero sabe realmente qué es SynXis? ¿Quién distingue un motor de reservas de un PMS? ¿Quién conoce siquiera uno de los cientos de sistemas que alimentan nuestro delirio tecnológico?
Por eso me pregunto si no estaremos confundiendo la posibilidad tecnológica con el deseo real.
Porque entre “puedes conectar tu motor de reservas a ChatGPT” y “tus huéspedes saben qué es SynXis” existe el mismo abismo que separa la teoría de la práctica.
O, como diría Jean Baudrillard, la simulación de la realidad.
Y en medio de todo eso permanece un huésped que no conecta absolutamente nada.
No porque no pueda hacerlo.
Sino porque la pregunta le resulta completamente irrelevante.
Porque, siendo honestos, no le importa en absoluto.
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO