Odio escribir este post.
No porque hable de una empresa que no me gusta.
Todo lo contrario.
La admiro desde hace años y, además, tengo la suerte de poder llamar amigo a uno de sus fundadores. Hace mucho tiempo, cuando acababa de publicar mi primer libro y las rondas de financiación todavía eran relativamente escasas, incluso escribió algunas páginas para mí.
Y precisamente por eso no voy a mencionar el nombre de la empresa.
Porque, en realidad, este post no trata sobre _ _ _ _.
Trata sobre una pregunta que me persigue desde hace años.
Cada vez que entrevisto a founders y CEOs, tarde o temprano termino haciendo alguna variante de la misma pregunta:
“Dime la verdad. ¿Estáis construyendo IA para ampliar el potencial humano… o para reducir la necesidad de personas?”
La respuesta siempre tranquiliza: la IA elimina el trabajo repetitivo, permite dedicar más tiempo a tareas más humanas, no sustituye a las personas sino que las potencia, las hace más eficaces, y así sucesivamente.
Y, siendo justo, creo que casi todos los que me respondieron lo creían de verdad.
Pero luego leo noticias como esta.
Una empresa de éxito. En crecimiento. Bien financiada. Respetada por todo el sector.
Que anuncia una reducción importante de plantilla explicando que la IA está “cambiando radicalmente la economía de la hotelería”.
No estoy criticando esa decisión.
No conozco los números, las dinámicas internas ni las razones estratégicas.
Lo que me interesa es algo mucho más grande:
las historias que seguimos contándonos.
Durante los últimos diez años, cada gran transición tecnológica se ha presentado casi como una victoria moral.
“La automatización como liberación.”
Reducir la carga de trabajo como si eso significara automáticamente mejorar el trabajo.
Pero la moralidad de la tecnología depende por completo de los incentivos del sistema en el que opera.
Y, por cierto, mientras escribo estas líneas es el cumpleaños de Mark Fisher.
Rest in Punk, mate.
En Realismo capitalista, Fisher escribió que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Muchos interpretan esa frase como una reflexión económica.
Pero si habéis leído el libro —y deberíais hacerlo, si todavía no lo habéis hecho— sabéis que, en realidad, habla sobre todo de imaginación.
La idea de Fisher es que el capitalismo se ha vuelto tan omnipresente que ha dejado de ser una de las muchas formas posibles de organizar la realidad para convertirse en la Realidad misma.
Hemos perdido la capacidad de imaginar alternativas.
A veces me pregunto si la IA no está produciendo exactamente el mismo efecto.
Es lo que yo llamo AI Realism:
hemos dejado de imaginar futuros en los que la automatización no sea inevitable.
Si algo puede automatizarse, tarde o temprano se automatizará.
Las únicas preguntas que quedan son:
¿A qué velocidad?
¿Quién lo hará?
¿Y quién se quedará con el valor generado?
Todo lo demás —todos los demás— pasa a convertirse en daño colateral.
Quizá por eso también nos sentimos tan cómodos hablando de “potenciar a las personas”, pero tan incómodos admitiendo que algunas de esas mismas personas —como ese 15% despedido— pueden simplemente desaparecer de la ecuación.
Parafraseando a Fisher, quizá se esté volviendo más fácil imaginar una hotelería sin trabajadores…
que una hotelería sin trabajo.
¿Qué opináis?
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO