Esta mañana estaba navegando entre los últimos residuos digitales que circulan por internet cuando me encontré con un vídeo de un tenista robótico desarrollado en China. Ya hemos visto los perros de Boston Dynamics y los humanoides capaces de hacer volteretas hacia atrás, pero esto era diferente. Estaba en una pista de tenis, alternando derecha y revés perfectamente, moviéndose con una elegancia mecánica que podría poner nervioso a más de un profesor de club. Mientras lo veía seguir la trayectoria de un globo, mi mente empezó a divagar —como suele ocurrirme— hacia el terreno de lo posible y, sobre todo, de lo práctico.
Seamos sinceros: encontrar hoy en día un compañero de tenis fiable puede convertirse en una auténtica pesadilla logística. Por fin consigues cuadrar las agendas y resulta que se lesiona durante el calentamiento o se pasa el segundo set protagonizando una rabieta digna de McEnroe porque su cortado no corta como debería.
Y ahí entra el robot.
Imagina un compañero que nunca llega a un partido de las 7 de la mañana arrastrando las consecuencias de una noche demasiado larga. Un colega que no se queja de la humedad ni discute tus más que dudosas decisiones sobre si la pelota entró o salió.
Hay algo perversamente brillante en la idea de tener un compañero capaz de adaptarse a todas nuestras limitaciones. Si ese día estás jugando fatal, probablemente bastaría con entrar en los ajustes y bajar su saque de “Djokovic” a “aficionado de domingo por la mañana”. ¿Cansado de que te haga correr de un lado a otro? Prográmalo para que te dé un respiro y te deje ganar unos cuantos juegos por el bien de tu ego. Tecnología punta al servicio de la condición humana.
Pero esto va mucho más allá de simplemente pelotear. Nos dirigimos hacia un futuro en el que los “compañeros” robóticos podrían empezar a llenar los huecos que hemos creado en unas vidas cada vez más fragmentadas. Ya sea un compañero de entrenamiento capaz de devolver saques imposibles o un conserje digital que realmente conoce la ciudad, estamos subcontratando a las máquinas las fricciones propias de la interacción humana. Son eficientes, incansables y pueden ajustarse perfectamente a nuestros caprichos.
¿Es esto progreso o simplemente nos estamos volviendo más perezosos a la hora de convivir con esa maravillosa y caótica imprevisibilidad que supone jugar con otro ser humano?
Cuesta imaginar hasta dónde puede llegar todo esto cuando tu compañero está literalmente diseñado para aguantarte.
La vida es muy tech. ¿Quieres que reserve la pista o prefieres que actualice tu firmware?
Mark Fancourt