El otro día escuchaba un episodio del podcast Diary of a CEO, de Stephen Bartlett, con uno de los grandes pioneros del movimiento de la inteligencia artificial. La conversación tomó un rumbo tan fascinante como inquietante. En un momento dado, el invitado planteó una idea provocadora: como especie, nos estamos volviendo objetivamente más tontos cada día que pasa.
¿La razón? El ritmo vertiginoso de la innovación tecnológica y la creciente proximidad de la llamada Singularidad están haciendo que deleguemos cada vez más aspectos fundamentales de nuestra existencia. La tecnología ya no solo realiza tareas físicas; empieza a asumir funciones mentales, creativas e incluso decisionales. Y eso me hizo reflexionar.
Si la tecnología termina haciéndolo todo por nosotros, ¿qué ocurrirá con la inteligencia colectiva de la humanidad?
La imagen que surge no es precisamente tranquilizadora. Es difícil no pensar en Wall-E. ¿Recuerdas a aquellos humanos del futuro viviendo en una nave espacial, incapaces de caminar, desplazándose en sillones flotantes mientras robots satisfacían todas sus necesidades? En su momento parecía una sátira exagerada. Hoy, viendo la velocidad a la que avanzan la IA y la automatización, empiezo a preguntarme si Pixar no estaba imaginando el futuro, sino describiéndolo.
Estamos entrando en una etapa en la que la mentalidad del “yo puedo hacerlo” está siendo reemplazada por el “que lo haga el algoritmo”. Desde orientarnos por una ciudad hasta redactar correos electrónicos o gestionar negocios, cada vez más funciones cognitivas se delegan en sistemas automatizados.
Y todos sabemos qué ocurre cuando dejamos de utilizar un músculo: se debilita.
Con el cerebro sucede exactamente lo mismo.
Si dejamos de resolver problemas, de analizar situaciones y de tomar decisiones complejas, corremos el riesgo de convertirnos en simples consumidores de una realidad diseñada y filtrada por algoritmos.
La verdadera cuestión es cuándo decidiremos asumir un papel más activo en el futuro de nuestra propia especie. ¿Nos conformaremos con una adolescencia tecnológica permanente, cómoda y asistida? ¿O seguiremos siendo los protagonistas de nuestra historia?
Hablamos constantemente de la ventaja competitiva que aporta la tecnología. Sin embargo, la mayor ventaja competitiva siempre ha sido otra: la inteligencia humana, la creatividad y la capacidad de innovar.
Si externalizamos eso por completo, no solo seremos más eficientes.
Nos volveremos prescindibles.
Debemos utilizar estas herramientas con intención y criterio. Que amplifiquen nuestras capacidades, no que las sustituyan.
De lo contrario, estaremos construyendo una autopista ultrarrápida y extremadamente cara hacia los sillones flotantes de Wall-E.
La vida es cada vez más tecnológica.
Pero quizá ha llegado el momento de ser mucho más intencionales a la hora de seguir siendo humanos.
Mark Fancourt