Un amigo y colega me escribió en privado después de leer una de mis últimas publicaciones en LinkedIn.
Para quienes no la hayan visto, la publicación trataba sobre un libro de Marco Avancini dedicado al marketing hotelero, publicado en 1932 durante el régimen fascista y titulado La Pubblicità Alberghiera. Me regalaron un ejemplar y decidí reeditarlo en cuatro entregas.
Mi colega planteó una cuestión sobre la que llevo reflexionando desde hace dos años, desde que aquel libro llegó a mis manos.
Su observación es sencilla: incluso un análisis puramente técnico o profesional de un material producido durante el fascismo corre el riesgo, aunque sea de manera involuntaria, de contribuir a su normalización.
Agradecí su honestidad y, aún más, que hubiera decidido escribirme en privado en lugar de plantearlo públicamente. La verdad es que llevo mucho tiempo preguntándome si publicar ese libro era lo correcto.
Quienes me conocen saben que mis convicciones políticas nunca han sido precisamente un secreto. Si acaso, hacen que acercarme a este material resulte todavía más incómodo. Y, sin embargo, fue precisamente esa incomodidad la que terminó convenciéndome de publicarlo.
Estudiar algo no significa respaldarlo ni celebrarlo. Estudiamos la propaganda sin hacerla nuestra. Estudiamos los regímenes autoritarios porque comprender cómo se comunicaban, cómo persuadían y cómo conseguían normalizar su propia existencia sigue siendo históricamente relevante.
Pero hay también otra razón.
Este libro es, en toda regla, un caso de lost media. Por lo que he podido comprobar, prácticamente ha desaparecido de circulación. A pesar de una búsqueda exhaustiva, apenas he conseguido encontrar rastro alguno de su existencia. Conservar documentos históricos olvidados tiene un valor en sí mismo, incluso cuando proceden de contextos profundamente inquietantes. Quizá, sobre todo, en esos casos.
La mejor manera que encuentro de explicar mi postura tiene que ver con una conversación que mantuve una vez con un amigo arqueólogo.
En cierta ocasión le pregunté, en broma: «¿Cuándo deja de ser una profanación excavar una tumba y se convierte en arqueología?».
Se rio y me contestó: «Más o menos, a partir de los cincuenta años».
Naturalmente, la arqueología y la historia política no son lo mismo. Pero su respuesta expresa algo en lo que creo de manera intuitiva: cuando ha transcurrido suficiente tiempo, incluso los capítulos más oscuros de la historia pasan a ser objeto legítimo de investigación histórica. Eso no hace que sus horrores sean menos terribles. Al contrario, nos impone la responsabilidad de estudiarlos con un rigor intelectual aún mayor. Por eso hoy podemos hablar del asesinato de Julio César, del comercio transatlántico de esclavos o de la Inquisición española.
Además, como les ocurre a muchos italianos de mi generación, el fascismo no es para mí una abstracción lejana. Uno de mis abuelos fue camicia nera, miembro de las milicias fascistas; el otro fue partisano. Si se hubieran encontrado durante la guerra, se habrían matado entre sí (y, en una curiosa versión real de la célebre «paradoja del abuelo» de los viajes en el tiempo, yo nunca habría nacido).
A día de hoy, sigo sin saber si publicar aquel libro fue la decisión correcta.
Pero sí sé que la pregunta merecía plantearse.
Y agradezco a quienes me recuerdan que hay preguntas que nunca deberían volverse demasiado fáciles.
Hasta la próxima semana. Un saludo de Simone.
SIMONE PUORTO