Tengo un problema con la inteligencia artificial generativa. Y resulta bastante incómodo admitirlo cuando uno se pasa media vida explicando cómo la IA va a cambiar el mundo. Pero después de ver otro cartel hotelero plagado de tipografías sin alma, degradados de color vómito digital y figuras humanas con esa peculiar estética de pesadilla febril de un director de arte lobotomizado, creo que ha llegado el momento de decirlo: tener acceso a una herramienta creativa y tener algo que decir son dos cosas ontológicamente distintas.
Heidegger escribió que la esencia de la tecnología no tiene absolutamente nada de tecnológico. Una reflexión especialmente pertinente hoy, cuando hemos convertido el prompt en la versión contemporánea de una licencia artística. Un diseñador que utiliza un modelo generativo introduce en ese prompt años de Bauhaus, tipografía, composición, cultura visual, errores, obsesiones y criterio. En cambio, el responsable de marketing que escribe «luxury hotel poster, elegant, minimal, cinematic» aporta, principalmente, una tarjeta de crédito corporativa.
Autechre llevan décadas trabajando con sistemas algorítmicos y, sin embargo, nadie escucha Confield y piensa que basta con abrir Suno durante la pausa del almuerzo para convertirse en Sean Booth. Del mismo modo que tener un urinario aumenta considerablemente las probabilidades de tener problemas de fontanería, pero reduce bastante las de convertirse en Duchamp. El significado nace de la relación entre intención, cultura y contexto. Esa cosa tremendamente analógica que seguimos llamando talento.
El verdadero milagro de la IA, por tanto, consiste en haber democratizado la producción sin democratizar el gusto. El resultado es que LinkedIn, los folletos comerciales y los espacios digitales de los hoteles están inundados de cantidades industriales de contenido sintético, reconocible al instante y por todas las razones equivocadas. Mientras tanto, alguna empresa presume de haber conseguido otra «mejora de eficiencia» eliminando de su hoja de Excel precisamente a la persona que habría sabido decirle que aquello era una auténtica mierda.
Adelante, dadle un piano a todo el mundo. Philip Glass puede dormir tranquilo.
Y, de paso, quizá deberíais pagar a los diseñadores.
Hasta la próxima semana. Un saludo de Simone.
SIMONE PUORTO