Hace poco estaba instalado en un bar de cócteles de esos que hacen un esfuerzo evidente por parecer modernos, irreverentes y diferentes. La idea era sencilla: disfrutar de unas horas de conversación y de unas copas sin complicaciones. Sin embargo, terminé observando un ritual tan fascinante como desconcertante.
Cada bebida que llegaba a la mesa venía acompañada de una pajita de plástico.
Hasta aquí nada especialmente sorprendente. Lo extraño era el procedimiento. La camarera se acercaba con unas tijeras y cortaba cuidadosamente cada pajita para ajustarla exactamente a la altura del vaso correspondiente. Una longitud específica para una copa coupé, otra para un vaso bajo, otra para un highball. Un nivel de personalización aplicado a algo tan inútil que rozaba el absurdo.
Y entonces me surgió una pregunta: ¿en qué momento decidimos que los adultos habían olvidado cómo beber de un vaso?
Al final de la noche, nuestra mesa parecía un pequeño cementerio de trozos de plástico cortados a medida para facilitar una acción que los seres humanos llevamos realizando sin ayuda desde hace miles de años.
Es una práctica sorprendentemente infantilizadora.
Hasta donde yo sé, la evolución nos ha equipado bastante bien para ingerir líquidos. Tenemos labios. Tenemos lengua. Tenemos la capacidad de levantar un vaso y llevarlo hasta la boca. Sin embargo, seguimos recibiendo estos dispositivos como si necesitáramos un vaso antiderrames.
Lo peor es que arruinan por completo la experiencia sensorial.
Las copas y los vasos no se diseñan al azar. La forma del borde influye en cómo el líquido llega al paladar y en cómo los aromas alcanzan la nariz. Una pajita elimina gran parte de esa experiencia. Es una especie de cortocircuito sensorial. Si bebes a través de un tubo, los aromas permanecen lejos de ti y pierdes una parte fundamental del sabor.
Es difícil apreciar las notas botánicas de un cóctel cuando las estás aspirando desde varios centímetros de distancia a través de una pajita recortada.
Salvo que exista una necesidad física específica, nadie necesita una pajita para disfrutar de una bebida. Debería ser una opción disponible bajo petición, no un accesorio obligatorio ni una decoración hecha a medida.
La vida es cada vez más tecnológica.
Pero beber sigue siendo una actividad completamente analógica.
Mark Fancourt