Esta semana me ha tocado ocuparme del cuarto ciberataque contra uno de mis clientes, prácticamente idéntico a los tres anteriores, ocurridos en los últimos meses. Y, al llegar al cuarto, empecé a sospechar que el problema de la ciberseguridad tiene mucho menos que ver con lo ciber y mucho más con las medidas de seguridad que la Madre Naturaleza se olvidó de instalar en nuestro cerebro.
El procedimiento es maravillosamente primitivo: alguien llama por teléfono, se hace pasar por el servicio de soporte técnico, convence a un empleado para que instale un programa de acceso remoto y, acto seguido, le entrega las llaves de su ordenador.
Nada de cascadas de código verde al estilo de Matrix (aunque, como curiosidad, ni siquiera es código: el diseñador Simon Whiteley tomó esos caracteres de los libros de cocina japonesa de su mujer. En otras palabras, durante veinticinco años creímos estar viendo el código fuente de la realidad cuando, en realidad, eran recetas de sushi…). Nada de Juegos de guerra. Nada de genios asociales encerrados en un sótano descifrando RSA mientras escuchan a Aphex Twin.
Basta con una llamada telefónica.
Lo cual hace que el término hacker resulte incluso inmerecido. Ulises tuvo que diseñar un gigantesco caballo de madera, convencer a los troyanos para que lo introdujeran dentro de sus murallas y esperar a que cayera la noche para que sus hombres salieran de las entrañas de aquella bestia.
En 2026, basta con presentarse como «soporte técnico de Expedia» y pedirle a alguien que instale AnyDesk.
Veintiocho siglos de evolución y la ingeniería social sigue funcionando exactamente igual que en la Ilíada: alguien llama a la puerta con un regalo y nosotros mismos le abrimos.
Y eso es lo que me fascina. Nos gastamos miles de euros en cortafuegos, sistemas de detección de amenazas en los dispositivos, antivirus, autenticación multifactor y consultores con certificaciones más largas que el Tractatus de Wittgenstein, mientras dejamos funcionando a pleno rendimiento el dispositivo más vulnerable de toda la infraestructura: el Homo sapiens.
Quizá, después de todo, el verdadero malware siempre hemos sido nosotros.
Y me temo que, para eso, todavía no existe ningún parche.
Hasta la próxima semana. Un saludo de Simone.
SIMONE PUORTO