El otro día, conversando con mi amigo Andrzej Mateusz Wajda, llegamos a una conclusión que solo parece trivial para quien no ha entendido el momento que vivimos: la UI está muriendo.
Y no hablo del fin de los botones redondeados ni de las landing pages con atardecer en la piscina y pareja sonriente. Hablo de la interfaz como capa de decisión entre el ser humano y la máquina.
Esa capa se está convirtiendo en una commodity.
En el mejor de los casos.
En el peor, es lastre.
Estamos entrando —despacio pero sin vuelta atrás— en una era post-UI. Un entorno donde el usuario no navega nuestras webs, no compara páginas ni se deja seducir por nuestro storytelling. Utiliza agentes de IA, asistentes personales, superapps, capas conversacionales.
La interfaz se vuelve líquida. Invisible.
Y entonces, querido hotelero, ya no eres una marca. Eres un backend.
Tus preciados inventarios ARI se reducen a simples líneas de disponibilidad.
APIs.
JSON.
Fin.
En turismo, esto puede ser profundamente disruptivo. Si la interfaz queda en manos de un chatbot, de Siri o de un GPT mejor entrenado que tu mejor concierge, el hotel se convierte en puro inventario.
¿Y sabes quién gana?
Quien controla el agente. Google. Booking. TikTok.
Y nosotros quedamos como proveedores silenciosos.
Proveedores commodity con vistas al mar.
Hermosas vistas, sí.
Pero proveedores al fin y al cabo.
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO