Tenía doce años, unas Converse All Star rotas (porque eso era lo que nos enseñaba Dee Dee Ramone) y cada sábado me subía al autobús 105 rumbo a Disfunzioni Musicali.
Para un adolescente romano con más granos que liras en el bolsillo, aquel lugar era casi sagrado. Ahorraba el dinero del recreo toda la semana para comprar un single de 7 pulgadas.
Hoy en ayunas, mañana punk.
En aquella tienda no había algoritmos. Había Maurizio.
Mis amigos y yo lo llamábamos Mr. Death porque, cada vez que intentabas cambiar un disco, lo tasaba por una centésima parte de lo que habías pagado. En mi cabeza tenía poder absoluto: si decidía mal, esa semana no había disco nuevo. Punto.
(Hoy sigue siendo un referente de la música en Roma en su nueva tienda, Transmission, en San Lorenzo.)
Maurizio llegaba con su maletín, su paso un poco despistado —muy Monty Python— y una memoria musical que dejaba en ridículo a Shazam. A veces te recomendaba un vinilo que te cambiaba la vida: Selected Ambient Works 85–92 de Aphex Twin o Surfer Rosa de Pixies. Otras veces salías con un auténtico desastre comprado solo porque la portada parecía increíble. Como Mad Butcher de Destruction.
Pero incluso el error formaba parte del ritual.
De hecho, era el ritual.
Como escribe Martin Soler en un artículo que me encantó (“What You Shouldn’t Automate Might Matter More”), los algoritmos aciertan quizá el 20% de las veces.
Y lo aceptamos.
Sin embargo, jamás aceptaríamos ese mismo porcentaje de acierto de alguien que nos conoce de verdad.
Ahí está la clave.
Spotify puede vivir con un 20%.
Maurizio rozaba el 99% (salvo lo de Destruction, que fue culpa mía).
Si trasladamos esta metáfora a la hospitalidad, este es el sector que sueño: menos centrado en el algoritmo y más centrado en el Maurizio de turno.
Porque al final, somos nosotros quienes decidimos cómo moldear el futuro de nuestra industria.
Hasta la próxima semana,
SIMONE PUORTO