Últimamente he estado dándole vueltas a la idea de la simplicidad. Y cuanto más lo pienso, más claro lo tengo: hacer que algo parezca simple es, en realidad, tremendamente complejo. Nos venden esa visión tan seductora de un futuro impulsado por IA donde el caos de mil interfaces distintas simplemente… desaparece. Un mundo en el que nuestros sistemas hablan con una IA y todo lo demás —los detalles técnicos, las integraciones imposibles, los parches— queda resuelto en segundo plano.
Suena maravilloso. Pero, si lo miramos bien, lo único que estamos haciendo es añadir otra capa al pastel digital.
La conversación reciente gira en torno a esa nueva capa: el llamado Model Context Protocol, o MCP. Venimos de un mundo donde cada software gestiona sus datos, su lógica y su aplicación a través de APIs específicas. Ahora proponemos interponer un intermediario “inteligente” más en la arquitectura. Otro bloque constructivo.
Es el clásico movimiento tecnológico: complicar la infraestructura para que el usuario lo perciba como más sencillo. No estamos eliminando la complejidad; la estamos desplazando a una nueva capa centralizada.
¿El argumento principal? Beneficiar a la IA. En lugar de aprender mil lenguajes distintos para consultar el clima, reservar un hotel o comprar un billete de avión, la IA solo tendrá que hablar con unos pocos MCP “expertos”. Desde el punto de vista de la escala, es innegable: pasar de mil conexiones uno a uno a un modelo uno a muchos tiene ventajas claras. Más eficiencia, menos fricción, integraciones más rápidas para nuevos actores.
Sobre el papel, todo encaja.
Pero la realidad —esa ironía que haría suspirar incluso a Sísifo— es que aquí nace un nuevo modelo de negocio extraordinariamente rentable. Cada proveedor de software querrá su propio MCP. ¿Por qué renunciar al control? Así que la visión romántica de un MCP único y universal se fragmentará rápidamente en cientos, quizá miles, de MCP propietarios.
Cada uno será una nueva línea de ingresos. Una nueva capa facturable. Un nuevo mecanismo de dependencia.
Porque nada es gratis. Y mucho menos la simplicidad.
El dinero fluirá desde la API “maestra” hacia la nueva capa MCP, probablemente bajo modelos de comisión por transacción o suscripciones, como ocurre con los procesadores de pago. Un sistema elegante, sofisticado… y costoso. Todo sostenido por nuestra obsesión por una experiencia de usuario limpia, mientras el backend se vuelve cada vez más intrincado.
Al final, este valiente mundo nuevo de la simplicidad no es más que el viejo mundo complejo con otra capa —cara— encima.
La vida es puro tech.
¿Cuántas capas quieres en tu pastel antes de darle el primer bocado?
Mark Fancourt