En 1999, Google juraba que jamás pondría anuncios. “No ads”, decían, con la ingenuidad de quien todavía creía que internet podía ser un territorio virgen, un espacio digital no colonizado por la lógica extractiva. Hoy, el 76% de los ingresos de Alphabet viene precisamente de ahí, prueba de que aquella promesa no era un voto de pureza, sino el tráiler de algo mucho más grande: el preludio de una economía que convertiría la atención en un recurso minero.
Ahora la historia se repite, pero a escala cósmica. Altman, el CEO con cara de monaguillo de excursión al DEF CON, jura que ChatGPT no venderá visibilidad al mejor postor. “Nunca cobraremos por hacer que un hotel destaque sobre otro”, dice. En otras palabras: “Confíen en mí”. Tiene la misma credibilidad que el amigo que a las 22:30 asegura: “Solo una pinta de Guinness y me voy a casa”. Spoiler: termina a las cinco de la mañana cantando Mr. Brightside abrazado al grifo de cerveza.
Aviso: no funciona así. La monetización no es una opción, es una constante gravitacional. Cuando tienes 800 millones de usuarios semanales, la “pureza” es solo un filtro retro aplicado a un sistema que consume más energía que un país báltico. Y segundo spoiler: los anuncios no estarán al lado de las respuestas, se integrarán en ellas. La IA escribe, sugiere y monetiza, todo al mismo tiempo. La epistemología se vuelve publicidad. La mención, la moneda.
Para el sector hotelero, esto es un terremoto. Las SERP desaparecen y la batalla ya no es por la posición, sino por el derecho a existir en el lenguaje. Una IA a la que pagas para que te mencione es más poderosa que cualquier OTA o metabuscador. Y como nos enseñó Foucault, quien controla el discurso controla el poder.
Hasta la próxima semana,
un saludo de Simone.
SIMONE PUORTO