¿Qué ocurre cuando nadie puede viajar? Hablemos de ello.
La economía global del turismo es un auténtico mastodonte. Una historia de crecimiento incuestionable: se espera que aumente un 10 % en esta década, con más de mil millones de llegadas internacionales y una contribución estimada de 16 billones de dólares al PIB mundial para 2034.
Pero ¿qué sucede cuando ese relato se encuentra con un giro inesperado?
¿Y si las personas llamadas a impulsar ese crecimiento ya no pueden permitirse viajar?
Estamos tan centrados en las promesas tecnológicas del sector que estamos olvidando las realidades humanas y económicas más básicas. Las previsiones de crecimiento se apoyan en la idea de una prosperidad creciente, especialmente en la clase media de los países en desarrollo. Sin embargo, los mismos cambios macroeconómicos —automatización, desaparición de empleos tradicionales, aumento del coste de la vida— que se celebran como motores de un mundo más eficiente y digitalizado, también están dando lugar a una fuerza laboral con ingresos reducidos o, directamente, inexistentes.
Imaginemos un mundo en el que la llamada “clase intelectual” se ve profundamente afectada por el auge de la IA. Sus ingresos, que antes permitían viajar por placer, desaparecen. El contraste es brutal. Esperamos un boom turístico global mientras, al mismo tiempo, estamos creando una fuerza laboral global que no puede permitirse participar en él. La contradicción es evidente.
La dependencia del turismo de la renta disponible lo hace especialmente vulnerable a este tipo de sacudidas sistémicas. Aunque los viajes de ocio suelen resistir mejor que los de negocios tras una crisis, también son lo primero que se elimina cuando los presupuestos familiares se tensan. Si una parte significativa de la población mundial —esa supuesta “clase viajera”— pierde de repente su capacidad de gasto, ese reluciente 10 % de crecimiento se convierte poco más que en una ilusión.
No hablamos de un bache puntual ni de una crisis regional. Se trata de un cambio estructural que podría contradecir todas las previsiones optimistas. Nos hemos acostumbrado a pensar en el turismo como una industria en crecimiento perpetuo, alimentada por una base de consumidores siempre en expansión. Pero ¿y si las mismas fuerzas que impulsan el progreso tecnológico están debilitando los cimientos económicos de nuestro propio sector?
Es otra forma de mirar al futuro. Menos cómoda. Mucho más sobria.
La vida es cada vez más tecnológica.
Y, a veces, su avance puede convertirse en nuestro mayor competidor.
Mark Fancourt