Veo empresas, grandes y pequeñas, invirtiendo millones en tecnología, persiguiendo una especie de nirvana basado en los datos. Y, sin embargo, al mismo tiempo, parecen restar valor al único factor que realmente garantiza buenos resultados: el Conocimiento, la Experiencia y la Perspectiva (KEP).
Es una estrategia desconcertante, casi autodestructiva. Como comprar el coche de carreras más caro… y poner al volante a alguien que solo ha leído el manual.
La arrogancia detrás de todo esto es impresionante. Se ha instalado la idea de que, con suficientes datos y algoritmos potentes, el KEP se vuelve algo accesorio, casi obsoleto. ¿Para qué contar con años de experiencia acumulada si una máquina puede procesar datos más rápido? ¿Para qué confiar en la intuición de un profesional experimentado si un dashboard te da respuestas inmediatas?
La tentación es evidente: más rápido, aparentemente más barato, y sin el componente humano, con todo lo que implica de subjetividad o fricción.
Pero este enfoque parte de una mala comprensión de lo que realmente es el KEP.
El conocimiento es el “qué”: los hechos. Eso lo puede encontrar cualquiera.
La experiencia es el “cómo”: aplicar esos hechos en situaciones reales, aprender de los aciertos y de los errores, construir intuición.
Y la perspectiva es el “por qué”: la visión estratégica que conecta todo, el contexto, el mercado, la psicología del cliente. Es la capacidad de ver todo el tablero, no solo una jugada.
Cuando sacrificas el KEP, no estás ahorrando en talento senior. Estás renunciando a un activo clave a cambio de un atajo brillante pero mal planteado. Estás condenándote a repetir errores, a no detectar señales débiles y a construir soluciones incapaces de adaptarse a la complejidad real del mercado.
Te obsesionas con la velocidad… y te olvidas de la dirección.
Pensar que puedes obtener resultados consistentes debilitando tu input más importante es una ilusión. Es el triunfo del dato sobre la sabiduría. Sí, la información está ahí, pero sin el KEP como brújula, no eres más que un barco a la deriva en un océano de datos.
Vivimos en una era dominada por la tecnología.
Pero sin las personas adecuadas, toda esa tecnología no es más que ruido.
Mark Fancourt