Hace unos días fui al MAXXI para ver la exposición dedicada a Franco Battiato.
De él, siempre me han fascinado dos etapas: su fase experimental de los años 70 y la que vino después de su encuentro con Manlio Sgalambro, ese nihilista mediterráneo que convirtió la canción italiana en un espacio de reflexión metafísica.
En estos días he vuelto a leer algunos de sus textos, en particular su idea de la “Teoría de Sicilia”.
Para Sgalambro, la isla no es solo un territorio: es una condición metafísica. Algo que flota sobre la inestabilidad, suspendido en el mar como un barco condenado, tarde o temprano, al naufragio. De ahí nace lo que él llama tedio histórico: una melancólica conciencia de que el tiempo avanza sin redención posible.
Por eso, sostiene, Sicilia existe verdaderamente solo como fenómeno estético—en la música, en la poesía, en el arte—pero nunca del todo en la historia.
Ahora bien.
Poco antes de esa visita había leído un extracto del ensayo de Agnes Callard, The Case Against Travel. Su tesis es provocadora: viajar nos convierte en la peor versión de nosotros mismos, mientras creemos estar en la mejor.
Y no es una idea aislada. Emerson hablaba del viaje como “el paraíso de los necios”. Chesterton decía que estrechaba la mente. Y el más radical de todos, Fernando Pessoa, afirmaba que viajar es para quien no tiene suficiente imaginación.
Yo trabajo en el sector travel, y aun así no puedo evitar pensar que Sgalambro y Callard captaron algo que hoy el turismo global hace evidente.
La mentalidad insular no es solo siciliana: es la de quien contempla la historia en lugar de vivirla, la de quien convierte el destino en paisaje. Y eso es exactamente lo que hace el turismo contemporáneo.
Viajamos para cambiar de perspectiva, pero en realidad repetimos el mismo patrón en todas partes: las mismas cadenas hoteleras, los mismos brunches, las mismas fotos frente a los mismos monumentos. Es la industria global de la variación superficial.
El gran paradoja es esta: el turismo nace con la promesa de descubrir el mundo. Pero quizá su verdadera función sea otra: convertir el mundo en un museo estéril.
Hasta la próxima semana,
Simone
SIMONE PUORTO