Sesenta años. Es una cifra que invita a detenerse un momento, ¿no? Mientras me preparo para volver a Berlín para celebrar el 60º aniversario de ITB, no puedo evitar mirar atrás y pensar en la evolución impresionante de este evento. Lo que comenzó en 1966 con apenas nueve expositores de cinco países se ha convertido en un gigantesco crisol multicultural que representa, literalmente, todo el ecosistema global del turismo en la Berlin Messe.
Recordar los primeros años de ITB es entender cuánto han cambiado el mundo y nuestra industria. Hubo un tiempo en que la feria duraba casi dos semanas. ¡Dos semanas! Era un auténtico maratón de relaciones humanas, mucho antes de que la “eficiencia” se convirtiera en la obsesión empresarial. No se trataba de enviar un mensaje por LinkedIn; recorrías los pasillos, descubriendo culturas, destinos y marcas entre conversaciones largas, reales, sin prisa… y sí, envueltas en humo de cigarrillo.
La forma de llegar también ha cambiado tanto como el propio evento. Antes, viajar hasta la feria implicaba paciencia: vuelos más lentos, reservas manuales, y una buena dosis de incertidumbre. Hoy aterrizamos en Berlín con una pila tecnológica que optimiza cada segundo del trayecto. Y aun así, a pesar de toda esa eficiencia digital, el alma de ITB sigue siendo esa energía intensa, caótica y profundamente humana.
El mayor cambio, sin duda, está en los pabellones tecnológicos. Lo que antes era secundario se ha convertido en el corazón de la feria: tres enormes espacios dedicados a proveedores globales y europeos. Y la escena tecnológica europea siempre aporta un enfoque distinto: más abierta, más colaborativa, más transversal. Es allí donde volveré a encontrarme con los habituales —los Soler, Puorto o Syropoulos— para debatir ideas que muchas veces ni siquiera aparecen en el radar estadounidense.
Celebrar sesenta años no es solo mirar al pasado. Es reconocer que, pese a la automatización creciente, seguimos necesitando reunir a 100.000 personas en un mismo lugar para mirarnos a los ojos.
La vida es cada vez más tecnológica. Pero ITB es mucho más que eso. ¡Tschüss!
Mark Fancourt