Quien me conoce sabe que detesto los dualismos.
Blanco/negro. Humano/máquina. Intermediado/desintermediado. Jedi/Sith.
La realidad no es una pista de pádel semántica con una red en medio.
(Aunque, pensándolo bien, el pádel —junto con el reggaetón— es de los pocos ámbitos donde acepto el dualismo: ambos son, respectivamente, un deporte y una música bastante malos).
Y sin embargo, me encuentro leyendo otra declaración de Sam Altman y siento un escalofrío casi ludita recorriéndome la espalda.
Yo, que siempre he defendido que la tecnología no es anti-humana, sino una extensión de nuestra humanidad.
En una entrevista con The Indian Express, Altman se quejaba de que muchas críticas sobre el consumo energético de ChatGPT son “injustas”, especialmente cuando comparan la energía necesaria para entrenar un modelo de IA con la que requiere formar a un ser humano.
Cito:
“(…) entrenar a un ser humano también requiere mucha energía. Se necesitan unos veinte años de vida y toda la comida consumida en ese periodo antes de volverse inteligente.”
Y, sinceramente, podría incluso concederle esa provocación.
Al fin y al cabo, muchos crecimos a base de productos ultraprocesados y azucarados. Si la selección natural no acabó con nosotros en los años 80, quizá sí merecemos esa comparación energética con un centro de datos.
Pero ese no es el punto.
No se trata de cuánta energía consume un prompt frente a un dulce.
Se trata del marco ideológico.
Comparar el entrenamiento de un modelo con la evolución humana es pura retórica de Silicon Valley: citar a Darwin como si fuera asesor de Sequoia Capital.
Es como decir que un hotel que consume mucha energía no contamina porque “los huéspedes también respiran”.
Y no es la comparación humano/máquina lo que me incomoda.
Es la autojustificación.
Porque si empezamos a justificarlo todo en nombre del progreso, entonces podemos justificar cualquier cosa.
Dentro de veinte años, nuestros hijos no nos preguntarán cuántos parámetros tenía GPT-5.2.
Nos preguntarán cuánto nos costó esta locura.
Mientras caminan por un planeta en llamas.
Y entonces, citar a Darwin no servirá de nada.
Hasta la próxima semana,
Simone
SIMONE PUORTO