
Una cosa que tienen grabado a fuego los discípulos de Michael O’Leary es que si algo no va bien hay que ser rápido en cambiar el rumbo. Persistir en el error a ver si en el futuro hay más suerte es una forma de alargar la agonía. Y las pérdidas. Probablemente, si pudiéramos ver la cocina de Ryanair en comparación con la de otras aerolíneas, esta sea su característica más radical: cuando algo no funciona, cambia inmediatamente, sin otorgarle una segunda oportunidad, porque eso supone más pérdidas (Ryanair cancela su programa Prime por las pérdidas).
No hablo ahora de los aeropuertos, que cuando se encarecen son abandonados, sino del programa de fidelización. Lo lanzaron hace ocho meses previendo que hubiera un cuarto de millón de usuarios y en realidad sólo se apuntaron 55 mil. O sea, un fracaso completo.
La cifra de doscientos cincuenta mil ‘fieles’ era clave para que el programa fuera rentable. Lo cual no se termina de entender muy bien porque los beneficios son individuales. Pero es lo que Ryanair se había propuesto.
El programa ingresó 4,4 millones de euros por los 79 euros que debía pagar cada suscriptor, y supuso un gasto de 6 millones. O sea que perdió dinero y eso ha conducido al cierre. Como ven, son pérdidas muy modestas, pero se supone que O’Leary no es capaz de aguantar un número en rojo.
En todo caso, si era un programa que beneficiaba al cliente fiel, se supone que tiene que implicar que ese cliente pagaba menos por sus viajes. Si fuera a pagar lo mismo, ¿dónde está la ventaja?
Tal vez preveía Ryanair que estos viajeros iban a volar mucho más, lo cual no es fácil porque Ryanair es una aerolínea de precios mínimos, de manera que quien quiere volar con ellos hace los vuelos que desea y no por la fidelidad va a aumentar mucho su demanda.
La cuestión es que este es otro fracaso de O’Leary, a sumar a la retirada ominosa de la telefonía a bordo que en su momento lanzó a bombo y platillo o a su turoperador –con Logitravel, por cierto–, que terminó archivando. No todo son medallas.
